De la misma manera que otras profesiones, la nuestra trabaja con “experiencias sensibles” que atañen al ser humano. Ello nos compromete a una formación permanente y sobre todo a una reflexión y revisión continuada de la práctica. A menudo como arteterapeutas hemos de trabajar con poblaciones y situaciones difíciles, desgastantes e incluso destructivas, entonces es una necesidad encontrar formas de intervención creativas en lugar de defensivas o actuantes, respuestas que permitan restaurar la actitud simbólica. La supervisión es el espacio idóneo para ello.

Conviene considerar también que la práctica del arteterapeuta se encuadra en un marco de confidencialidad, es un requerimiento indispensable y que habitúa a manejarse en un cierto aislamiento. El material clínico no se puede compartir en cualquier lugar, requiere de un marco profesional y formativo; sólo algunas de las instituciones en que trabajamos ofrecen el setting adecuado y seguro para ello. Desde esta perspectiva, la supervisión se convierte en un recurso imprescindible para la y el arteterapeuta; una herramienta de formación permanente así como una forma esencial de higiene emocional (Schaverien, 2007).

Mi recorrido como docente y arteterapeuta, me lleva a considerar la supervisión como un pilar esencial en la formación de arteterapeutas ya que suele ser uno de los pocos espacios compartidos donde poder pensar y sobre todo sentir nuestra práctica, donde la visión de otros profesionales nos ayuda a desenmarañar el material producido en las sesiones de Arteterapia.

En la supervisión es donde convergen los conocimientos teóricos adquiridos y las vivencias experimentadas en la praxis, es el lugar donde establecer asociaciones entre lo estudiado, lo vivido y lo pensado en la relación de ayuda con el paciente. Cuando supervisamos un caso también trasladamos y reexperimentamos en el espacio de supervisión la relación terapéutica vivida en la sesión.

Enmarco pues la supervisión como un apoyo al acompañamiento que procura el terapeuta con su paciente así como un espacio que permite observar y pensar sobre las relaciones y las creaciones que se desarrollan en el marco del acto arteterapéutico. Es un lugar donde avanzar en el “entender algo más”. Case (2007) refiere al respecto que en supervisión creamos la narración del pasado escribiendo la sesión, trayendo los objetos artísticos y también el proceso paralelo entre nosotros. Con estas tres cosas reflexionamos sobre esta historia que se ha formado y miramos de entender la relación con el paciente y el efecto que ella tiene en el supervisado (transferencia y contratransferencia).

Para acabar reiterar que la supervisión pretende ser una ayuda creativa, un aprendizaje continuado imprescindible en nuestra profesión para preservarnos y preservar a las personas con las que trabajamos. Un espacio magnífico para el crecimiento personal y profesional que podemos seguir construyendo desde la práctica sentida y la reflexión.

Montse Omenat García

Texto basado en:
Omenat, M. (2011). La supervision en Arteterapia. Conferencia presentada en II Jornada FEAPA (Federación Española de Asociaciones Profesionales de Arteterapia). 26 de noviembre. Convent de Sant Agustí. Barcelona.